![]() Salmo 71: Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la tierra. Efésios 3,2-6: Ustedes son partícipes de la misma promesa Mateus 2, 1-12: Venimos de Oriente para adorar al Rey En la lectura tomada de la carta a los Efesios también se habla de Epifanía, de manifestación y revelación de cosas ocultas. No para desconcertarnos o sumirnos en el temor, sino todo lo contrario: para llenarnos de alegría al conocer el plan misterioso de Dios. «Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio». Es el fin ideal de todo particularismo y discriminación, de toda exclusión o segregación. «Gentiles» somos todos los pueblos de la tierra que no estamos étnicamente vinculados con el judaísmo. Ellos, los judíos, se consideraban el único pueblo elegido. Ahora comparten su elección con la humanidad entera, «en Jesucristo», «por el Evangelio». Ahora ven, admirados, cómo los pueblos vienen a Jerusalén, representados en los magos de Oriente, y se postran ante Jesús ofreciéndole sus pobres dones materiales, para recibir, en cambio, el abrazo amoroso de Dios. Dijimos que es el fin «ideal» de todo particularismo porque eso hay que convertirlo en realidad, sabiendo que como Dios no hace acepción de personas, tampoco nosotros podemos hacerlas. Que hemos de convertir en realidad aquello de que «todo hombre, todo ser humano, es mi hermano». Que no existe razón alguna para despreciar a nadie, ni por su raza, ni por su lengua, ni por su religión, ni por su particular cultura, ni por su condición social, ni por ninguna razón. San Pablo está en lo cierto al decir que se le reveló un
misterio «que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos»,
pues hasta ahora seguimos pensando que hay muchas razones para
considerarnos distintos, superiores, «elegidos por Dios, depositarios
únicos de la salvación», mejores que los demás. El misterio de que habla
San Pablo es precisamente ese: que Dios nos considera a todos iguales, y
nos ama en consecuencia, a todos por igual, con particular predilección
por los que nosotros nos empeñamos en
excluir. El evangelio de Mateo fue escrito para cristianos que habían
sido judíos, que podían seguir creyendo que sus privilegios de pueblo
elegido seguían vigentes. San Mateo les enseña que ya no es así, que ya no
hay privilegios, o que a todos los seres humanos alcanza lo que era
exclusivo para ellos. Y se los enseña por medio de la escena que acabamos
de leer: unos magos venidos de Oriente preguntan por el recién nacido rey
de los judíos, cuya estrella han visto en el cielo. Cualquier pueblo,
cualquier hombre o mujer de buena voluntad, que busque sinceramente el
bien, la justicia y la paz, puede verse representado en esos magos
orientales que nuestra imaginación cristiana ha dibujado con trazos tan
amables. No son las simpáticas figuras del pesebre con sus camellos y
dromedarios, con sus nombres exóticos, con el lujo de sus vestiduras y su
séquito como de cuentos de hadas. Somos todos los que buscamos la verdad y
el amor, los que guiados por ese anhelo, como si fuera una estrella,
encontraremos a Jesús, y le podremos ofrecer lo mejor de nosotros mismos,
porque reconocemos en Él al mismo Dios hecho humano.
De
esto es símbolo la Epifanía: la manifestación de Dios, del verdadero y
único Dios, a todos los pueblos, a todos los seres humanos; no en la
potencia de su soberanía, ni de sus exigencias, sino en la debilidad de un
niño humilde en brazos de su madre, apenas protegidos los dos por un
humilde carpintero. Claro que se puede asumir otra actitud: la del rey
Herodes y la de los grandes sacerdotes y sabios de Jerusalén. El primero
teme por su reino de codicia y crueldad, tan bien atestiguado por los
historiadores. Los segundos temen por las migajas de privilegios
religiosos y políticos que les ha dejado el tirano. En todo caso no están
dispuestos a adorar como los magos sino a matar, y algún día lo lograrán.
Ante nosotros está la escena de la adoración de los magos venidos de
Oriente, guiados por una estrella, escena de luces y de sombras, como
acabamos de decir. Nos toca asumir una actitud: la de acogernos al amor
indiscriminado de Dios, o la de alzar nuestras ambiciones contra la
Epifanía de ese amor". (Cf. Servício Bíblico Latinoamericano - 1o. Domingo
- Tiempo Ordinário). * Responsável: Derval Dasilio |